LAPSUS 2.0 DE BARRIONUEVO A MILEI.- Por Ileana M. Chirinos Escudero Mediadora Contadora Pública Nacional Magister en Administración de Empresas. Universidad de Belgrano Ecole Nationale Des Ponts et Chaussés – Paris Francia.
Mgter. Ileana Marina Chirinos Escudero
En la mitología política argentina hay frases que funcionan como radiografías instantáneas. La de Luis Barrionuevo, “tenemos que tratar de no robar por lo menos dos años”, nació en 1990 en Hora Clave con Mariano Grondona. El entonces funcionario del primer gobierno menemista y titular de la Superintendencia ANSSAL, militante del ala dialoguista de la CGT frente a la de Saúl Ubaldini, blanqueó en televisión abierta una moral de la excepción. Estaba bien no robar por un rato para que el país arranque. Más tarde justificaría que lo dijo porque le habían contado que otros se robaban dos mil millones por año del Estado.
Treinta y cinco años después y con un aire de déjà vu, el presidente Javier Milei pronuncia otra frase del inconsciente en un acto partidario en el Teatro San Carlos de Junín, provincia de Buenos Aires. En medio de los rumores por presuntas coimas dentro de su gobierno, remata una arenga contra el kirchnerismo con la expresión “están molestos porque les estamos afanando los choreos”. La oposición lo leyó como confesión de parte y el oficialismo lo redujo a un simple furcio. El episodio se viralizó de inmediato, quedó documentado por múltiples medios y en memes.
Comparar ambos dichos obliga a mirar sus contextos y sobre todo el poder. Barrionuevo hablaba como un insider del sistema, en la televisión de entonces, en el programa político más visto, con un conductor de peso y una audiencia prácticamente cautiva. Menem recién consolidaba su giro pro mercado, la interna sindical estaba al rojo vivo y el adversario era al mismo tiempo el alfonsinismo saliente y el sindicalismo combativo. El precio de un sincericidio era alto pero administrable, generaba escándalo en las tapas de diarios aunque se amortiguaba en la lentitud analógica y la desinformación. El mensaje era cínico y pragmático, paremos la mano para ordenar la caja. El sistema, aun cuestionado, se presuponía estable.
Milei, en cambio, habla como un presidente en campaña permanente. No hay televisión que filtre ni encuadre, hay celulares, streaming y un ejército de influencers que editan, subtitulan y redistribuyen con una potencia que convierte cualquier tropiezo en tendencia. Además, lo hace bajo la presión de un caso sensible, audios sobre supuestas coimas vinculadas al área de discapacidad, que exigía prudencia máxima. En ese clima el “les estamos afanando los choreos” opera como un lapsus perfecto. La redundancia entre “afanando” y “choreos” no agrega sentido, simplemente lo desborda. Es la lengua rioplatense regodeándose a sí misma pero también es el inconsciente discursivo admitiendo que en la política se roba y que ellos también están afanando, aunque la intención racional haya sido otra, decir que se están apropiando de los negocios de sus adversarios.
El contraste revela también un cambio en la tolerancia social. Barrionuevo representaba la caricatura del político tradicional, clientelar y sin pudor. Su frase fue interpretada como confirmación de un secreto a voces, la corrupción era estructural. Milei en cambio se presenta como un outsider, alguien que prometió demoler el sistema. Por eso, cuando incurre en un fallido de este tipo, la lectura pública es doblemente corrosiva, la promesa de pureza se desmorona por la misma boca que la proclamaba.
Desde Freud el lapsus no es un error inocente sino una acción con propósito que traiciona un deseo o una representación latente. Barrionuevo no tuvo lapsus, enunció con crudeza un pacto mafioso temporal. Milei sí lo tuvo, quiso decir que desmantelan los curros de otros y terminó diciendo que se apropian de los robos. El primero institucionaliza el cinismo, el segundo normaliza, aunque sea por un instante, la idea de que la política es botín y la disputa pasa por quién lo administra.
También cambiaron los dispositivos de castigo y recompensa. En los años noventa la sanción era editorial y el olvido probable. Hoy la sanción es inmediata y viral, el fragmento queda para siempre, reaparece en cada crisis, amplificado por algoritmos que maximizan la indignación y por la inteligencia artificial que multiplica subtítulos y ediciones. La esfera pública es una centrifugadora que amplifica, sobreactúa e implosiona. El costo de un lapsus presidencial, por mínimo que sea, se reproduce exponencialmente. Y la oposición, cualquiera sea, lo capitaliza en cuestión de horas.
La corrupción mientras tanto no se combate con frases efectistas ni con moralina. Se combate cambiando incentivos y sobre todo procedimientos. El nepotismo funciona como un virus que se propaga en silencio y reproduce cajas de poder cerradas. La discrecionalidad en el gasto público solo puede reducirse con trazabilidad total, con compras públicas en tiempo real y con cruces automáticos que permitan detectar conflictos de interés. La competencia con reglas claras sin excepciones reduciría la tentación de arbitrar a discreción. Sin esos mecanismos todo lo demás es pura sanata.
Barrionuevo propuso dos años de abstinencia. Milei promete afanarle al otro sus choreos. Ninguno de los dos enunciados por sí mismos disminuye un peso de la corrupción. Porque robar es una función de oportunidad y percepción de castigo, no de eslóganes ni de furcios. Lo que muestran estos dos episodios separados por tres décadas es que el lenguaje revela lo que el sistema calla. Y en la era de los algoritmos esos fallidos ya no son meros tropiezos, son lapsus 2.0.
Luis Barrionuevo en Hora Clave https://www.youtube.com/watch?v=rZJ_aPADCQE
gabriel_editor
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