LA PARADOJA DEL CAUDAL ELECTORAL. Por Magister Ileana Marina Chirinos Escudero Contadora Pública Nacional Licenciada en Mediación Magister en Administración de Empresas. Universidad de Belgrano Ecole Nationale Des Ponts et Chaussés – Paris Francia.
El mayor caudal electoral de la Argentina no son los libertarios, tampoco la oposición, en cualquiera de sus versiones o de sus nombres provisorios. No son los emprendedores, ni los traders, ni los desocupados. No son los jubilados, ni el denominado voto joven, ni el conurbano bonaerense.
El mayor caudal electoral de la Argentina son las mujeres y no un sector de mujeres, sino todas. Las que militan y las que no, las que se reconocen en los feminismos y las que desconfían de ellos, las que votan siempre al mismo espacio político y las que deciden apuradas en el cuarto oscuro.
Según la Cámara Nacional Electoral, en el padrón definitivo de 2019, el último que cuenta con información desagregada por sexo de acceso público, las mujeres eran 17.255.897 sobre un total de 33.841.837 personas habilitadas para votar. Es decir, representaban el 50,99 % frente al 49,01 % de los varones. Somos la mayoría y en consecuencia, definimos cualquier elección.
La pregunta que me hago y para la que todavía no encuentro una respuesta satisfactoria es por qué nadie está haciendo un esfuerzo directo por seducir a ese caudal electoral. Existen estrategias para atraer a los votantes jóvenes, a los millennials y centennials, a quienes rechazan al progresismo o a las izquierdas o centroizquierdas, a quienes reclaman un rumbo económico con inflación cero, a quienes no quieren volver al pasado, cualquiera sea el nombre que ese pasado adopte, y también a quienes simplemente están enojados. Pero, para el segmento más grande de todos, no se cuenta con una estrategia específica.
Una primera respuesta es que se creyó, de manera bastante pueril, que bastaba con eliminar un ministerio y desmantelar sus políticas para borrar de un plumazo la agenda feminista y que, muerta esa agenda, ya no quedaba nadie a quien seducir. Y tuvo efecto de castigo, porque no hay persona que quiera quedar del lado equivocado de una demostración tangible de fuerza. Afortunadamente la capacidad organizativa de las mujeres no se desarmó en ningún momento y no hay peor error político que subestimar a quienes llevan años construyéndola. Lo que hubo fue una desinstitucionalización de las políticas públicas orientadas a la igualdad de género, no la desaparición del movimiento que las impulsó.
Pero hay otra explicación. En realidad, nadie quiere pagar el costo de dirigirse explícitamente a ese electorado, ya que cualquier dirigente que se muestre proclive a impulsar políticas favorables para las mujeres corre el riesgo de ser señalado como woke, hostigado en redes sociales o convertido en blanco de alguna campaña sucia.
El cálculo electoral es muy sencillo: ya se sabe que nadie gana una elección por encabezar una campaña de prevención de la violencia de género y punto. Esa maquinaria de disciplinamiento, amplificada por las redes sociales y sus ejércitos de haters y bots, termina casi siempre funcionando como un mecanismo de autocensura.
Sin embargo, la razón más profunda es otra y probablemente sea la más importante. No se seduce a ese electorado porque no hay mujeres en los lugares donde se decide a quién seducir. Las campañas se diseñan en mesas chicas y en esas mesas las mujeres siguen siendo la excepción. Ahí está el nudo de todo este asunto porque nadie diseña una estrategia para un electorado que no está sentado en la mesa donde se diseñan las estrategias. Las otras dos explicaciones, la del castigo y la del costo, terminan apoyándose en esta.
Con lo cual, la siguiente pregunta surge casi naturalmente: ¿por qué las mujeres no ocupan esas mesas de decisión?
La primera respuesta, y quizás la mejor documentada, remite a las tareas de cuidado y al trabajo doméstico no remunerado. La evidencia estadística muestra que las mujeres destinan casi seis horas diarias a estas tareas, mientras que los varones dedican menos de tres. A eso se suma la fuerte caída en la participación laboral femenina después del nacimiento del primer hijo y el hecho de que la enorme mayoría de los hogares donde alguien requiere cuidados resuelve esa necesidad puertas adentro, mediante el trabajo no remunerado de integrantes de la familia, que generalmente es el de una mujer.
Esa realidad explica buena parte de la ausencia femenina en el tramo medio de las carreras laborales, justamente allí donde comienzan a abrirse las puertas de los cargos de conducción. El reloj del mérito, el de las responsabilidades de cuidado y el biológico corren al mismo tiempo, pero en direcciones opuestas. Paradójicamente, cuando las mujeres alcanzan su mayor productividad profesional suelen encontrarse con el momento de mayor demanda de cuidados. Es allí donde comienza a estrecharse el camino hacia los puestos donde realmente se decide.
Sin embargo, esa explicación, aunque sólida, no alcanza por sí sola, ya que existen mujeres que decidieron no ser madres, que priorizaron su desarrollo profesional o que ya atravesaron la etapa de crianza. Disponen, en términos de tiempo, de condiciones similares a las de cualquier varón, con lo cual, si el problema fuera exclusivamente el cuidado, deberían llegar a la cima en una proporción semejante.
Pero tampoco llegan.
Se podrá alegar que no llegan porque están menos preparadas. Los datos muestran exactamente lo contrario y el sistema universitario argentino lo demuestra con claridad, las mujeres son mayoría entre quienes ingresan, entre quienes cursan y entre quienes se gradúan, y en los cargos docentes existe prácticamente paridad. Pero cuando se observa el nivel más alto de conducción, los rectorados, apenas llegan al 16 %. Mayoría en la base de la estructura y, a medida que se asciende, desaparecen. Lo mismo ocurre en el Poder Judicial, mayoría en la base, pocas mujeres en los espacios decisorios relevantes, ni que hablar de la Corte Suprema de Justicia. No es un problema de formación, es el conocido techo de cristal.
Entonces la pregunta cambia: ¿qué otros mecanismos siguen impidiendo el acceso femenino a los circuitos donde se concentra el poder?
Después de darle muchas vueltas, fui llegando a cuatro hipótesis. No son concluyentes ni pretenden serlo, pero creo que ayudan a entender una parte importante de este problema. Las dos primeras explican por qué no se llega; las dos últimas, qué ocurre cuando efectivamente se llega.
La primera hipótesis tiene que ver con la forma que tienen los cargos de poder. Hay un patrón que no parece azaroso , las mujeres logran llegar cuando el cargo es colegiado, cuando se trata de un cargo unipersonal, prácticamente desaparecen. Hay legisladoras, diputadas y senadoras. En cambio, hoy no hay una sola gobernadora en las veinticuatro jurisdicciones del país. Hay vicegobernadoras, sí, pero integrando fórmulas encabezadas por varones. Es la primera vez desde 2007 que ningún Ejecutivo provincial está conducido por una mujer. No parece tratarse de una coyuntura, sino de un patrón que atraviesa gobiernos de distintos signos políticos y es preocupante.
Alguien podrá objetar que el país tuvo presidentas y que hay intendentas a lo largo y a lo ancho del territorio. Es cierto, pero son numéricamente excepciones que no modificaron la regla. Donde hay una sola silla, la probabilidad de que la ocupe una mujer se reduce.
La razón parece bastante simple y, lamentablemente, bastante estructural .La paridad sólo puede funcionar cuando existen varios cargos para repartir y frente a una sola silla ya no hay nada que distribuir. Ahí todo vuelve a depender de quién toma la decisión y esa decisión, todavía hoy, sigue concentrada mayoritariamente en los varones.
La segunda hipótesis tiene que ver con la forma en que se elige a quien ocupa esa única silla. Ese lugar rara vez se conquista por mérito, se lo alcanza, sobre todo, por la confianza. Y la confianza no se decreta, se construye en circuitos informales, como la reunión de las nueve de la noche, el viaje del fin de semana, el asado, los pasillos, la disponibilidad permanente o el «es una persona de mi confianza». Rosabeth Moss Kanter lo explicó hace casi cincuenta años y su descripción conserva plena vigencia: frente a la incertidumbre, quienes eligen tienden a elegir a alguien que se les parece, porque la semejanza funciona como una garantía.
No hace falta que exista una intención discriminatoria explícita. Esos circuitos funcionan en horarios y espacios a los que muchas mujeres llegan con mayores dificultades, precisamente por las responsabilidades de cuidado. Los dos mecanismos terminan reforzándose entre sí: el cuidado limita el acceso a los lugares donde se construye la confianza y la falta de esa confianza deja a las mujeres afuera cuando llega el momento de decidir quién ocupará el cargo.
La tercera hipótesis es que la presencia conseguida no siempre se transforma en poder. Cuando las mujeres logran acceder a espacios de conducción, suelen ser destinadas a áreas que el propio sistema sigue considerando «femeninas», como género, desarrollo social, educación, cultura o acción comunitaria. Son espacios indispensables para cualquier gestión, pero rara vez concentran presupuesto, obras o poder de convocatoria territorial.
En el sindicalismo existen secretarías de género o de igualdad, pero casi nunca una mujer ocupa una secretaría general. La CGT jamás tuvo una mujer en su conducción y, si ampliamos la mirada a otros espacios históricamente masculinizados, como los grandes clubes deportivos, donde también se administran estructuras millonarias y enormes cuotas de poder, el panorama no es distinto. Ese reparto no es inocente, porque permite cumplir con la foto sin ceder un gramo de poder real. Y además, impide que las mujeres acumulen aquello que después les permite disputar los cargos más altos como : presupuesto, obras, visibilidad y capital político.
La cuarta hipótesis tiene que ver con el costo diferencial de la exposición pública. Para una mujer, ocupar un cargo de poder sigue teniendo un precio más alto. A la mirada exigente que recae sobre cualquier dirigente se le suman el hostigamiento en las redes sociales, la sexualización, la caricatura, las descalificaciones sobre su apariencia física, las preguntas sobre su vida familiar, su maternidad o su orientación sexual y, muchas veces, la violencia política por razones de género, en particular si analizamos el uso de la palabra en los debates de las cámaras legislativas, por ejemplo.
A eso se agrega una dificultad que describieron Alice Eagly y Steven Karau hace más de veinte años. La autoridad continúa asociándose culturalmente con atributos masculinos. Entonces aparece una trampa difícil de romper, ya que, si una mujer ejerce el liderazgo con firmeza, suele ser calificada de autoritaria y, si privilegia el diálogo, se la considera débil. No existe una forma correcta de ejercer el poder: cualquiera sea el camino elegido, el costo suele ser mayor por el solo hecho de ser mujer.
¿Qué alternativa queda, entonces?
La primera, y probablemente la más incómoda, es admitir que el cupo y la paridad, conquistas que hay que defender, no alcanzan por sí solas. Fueron herramientas fundamentales porque obligaron a incorporar mujeres en las listas, pero actúan sobre la oferta de candidaturas y no sobre el ejercicio real del poder.
Por eso producen exactamente el resultado que describen las cuatro hipótesis anteriores: listas paritarias con conducciones masculinas, bancas ocupadas por mujeres y jefaturas de bloque en manos de varones, cupos que se cumplen al pie de la letra sin que cambie quién firma. La ley modifica quiénes aparecen en la foto, no necesariamente quién toma las decisiones.
Tampoco se trata de votar mujeres por el solo hecho de ser mujeres. Su presencia, por sí misma, no garantiza una agenda. Se trata, fundamentalmente, de evaluar a mujeres y varones por sus compromisos verificables reales, por sus trayectorias profesionales, por las políticas que impulsaron y por su conocimiento efectivo de las problemáticas de género y de la vida concreta de las mujeres a las que dicen representar.
Hace dos años escribí un artículo titulado La contundencia de los números. En aquel momento, el dato que me obsesionaba era que las mujeres representábamos el 52 % de la población mundial. Allí sostenía que, mientras aceptáramos ser tratadas como una minoría y recibiéramos acciones políticas migajeras, sería muy difícil modificar las desigualdades existentes.
La multitudinaria marcha del último 3 de junio volvió a demostrar que la capacidad de movilización de las mujeres sigue vigente. El hartazgo frente a los femicidios de Agostina Vega y de Dulce María Candia reactivó una enorme indignación. Es un dato político de primer orden que debería despertar el interés de las conducciones, porque no estamos frente a un electorado apático ni frente a un movimiento agotado.
Ahora bien, muy probablemente ese caudal electoral no se lo seduzca hablándole de género. Probablemente se lo seduzca transformando las condiciones en las que viven millones de mujeres: con un sistema de cuidados que deje de descansar casi exclusivamente sobre sus espaldas y avance hacia una responsabilidad compartida; con igualdad salarial a igual tarea; con procesos de selección y ascenso transparentes; con mecanismos eficaces para denunciar el acoso laboral y el mobbing; haciendo que las medidas de restricción se cumplan y que quienes las violen reciban sanciones efectivas y ejemplificadoras; con cuotas alimentarias que se paguen y cuyo incumplimiento tenga consecuencias concretas, porque esa violencia económica limita proyectos de vida; con políticas que protejan a los hogares monoparentales, de los cuales ocho de cada diez están encabezados por mujeres, según el INDEC; con acceso a métodos anticonceptivos; con ciudades seguras donde las mujeres puedan caminar sin miedo, entre muchas otras acciones.
Y vuelvo al título de este artículo: La paradoja del mayor caudal electoral. Las mujeres siguen siendo minoría en casi todos los lugares donde se decide el poder, pero mayoría en las urnas, donde ese poder se legitima. Como dije antes, pero ahora lo repito enfáticamente, el mayor caudal electoral del país puede definir cualquier elección.
Los ríos pueden subestimarse mientras permanecen dispersos o aislados, pero cuando encuentran un cauce ya no hay dique capaz de detenerlos. Del mismo modo, quien comprenda esta paradoja y sea capaz de interpretar y representar a millones de mujeres, no con consignas sino siendo la cabeza promotora de políticas concretas, habrá puesto en movimiento la mayor fuerza política disponible en la Argentina. Porque el día en que ese caudal encuentre una dirección común será una fuerza arrasadora, prácticamente irrefrenable.
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