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El Intercambio

EL "HAZ LO QUE YO DIGO, NO LO QUE YO HAGO" Y SUS EFECTOS PSICOLÓGICOS COLECTIVOS. Por Ileana M. Chirinos Escudero Mediadora Contadora Pública Nacional Magister en Administración de Empresas. Universidad de Belgrano Ecole Nationale Des Ponts et Chaussés – Paris Francia.

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Mgter. Ileana Marina Chirinos Escudero

Hay escenas que se repiten. Y precisamente en esa repetición reside algo que merece ser analizado con cuidado, porque lo que a primera vista parece indignación pasajera esconde mecanismos psicológicos y consecuencias profundas sobre el bienestar colectivo.

El reciente viaje del jefe de Gabinete de ministros Manuel Adorni a Nueva York acompañado por su pareja, utilizando recursos del Estado, desató una catarata de reacciones en las redes sociales. Expresiones de bronca y hartazgo que, leídas superficialmente, podrían reducirse a la irritabilidad propia de una sociedad bajo presión. Sin embargo, hay algo más preciso detrás de esa indignación: es una respuesta ante la incoherencia discursiva. Y esa incoherencia tiene nombre en la psicología: se llama disonancia cognitiva.

El concepto fue formulado por León Festinger en 1957 y describe la tensión interna que experimentamos cuando nuestras creencias o expectativas entran en contradicción con las conductas que observamos. En palabras simples: el malestar que produce el clásico haz lo que yo digo, no lo que hago.

La clase política argentina ha construido, a lo largo del tiempo, un patrón reconocible: discursos que prometen ruptura con lo anterior, austeridad, sacrificio compartido, y conductas que reproducen exactamente aquello que se prometió abandonar. Este gobierno en particular se caracterizó por prometer que el ajuste recaería sobre «la casta» y el Estado, no sobre la gente. El episodio de Adorni, en ese contexto, no es un hecho aislado, es la actualización de una escena conocida. Y esa repetición es, en sí misma, la clave del daño psicológico que produce.

Festinger identificó que, ante la incomodidad que genera esta incongruencia, los seres humanos tendemos a buscar maneras de reducirla. Y aquí reside el nudo del problema porque la salida más frecuente no es el cambio de conducta, sino la racionalización. Se evita la evidencia que contradice, se minimizan los conflictos, se traslada la responsabilidad hacia afuera. Frases conocidas como: todos lo hacen, no había otra opción, siempre fue así, los de antes ya lo hicieron escandalosamente. Mecanismos que permiten tolerar lo que, con otra mirada, resultaría intolerable.

La disonancia cognitiva no opera en el vacío. Opera sobre personas que ya están al límite. Argentina lidera desde hace varios años los rankings internacionales de burnout, o estrés crónico producido por la sobrecarga laboral y la preocupación económica continua. El estrés, en sí mismo, no es el enemigo, es una respuesta fisiológica natural ante los desafíos. El problema aparece cuando se vuelve crónico, cuando el organismo no encuentra el momento de recuperación y ese estado permanente deteriora la salud física, mental y emocional de manera progresiva.

Por eso mismo, la entrevista en donde el funcionario justifica el uso de recursos públicos para un viaje personal argumentando que «se desloma trabajando» no produce solo indignación. Produce algo más profundo que la sensación de ser subestimados, o tomados por tontos. El deslome real, es el de quien trabaja doble jornada o tiene tres trabajos y no llega a fin de mes, el de quien saltea una comida para que los números cierren, no es visto ni reconocido por quienes toman decisiones. Esa invisibilización es una forma de violencia simbólica generalizada contra millones de ciudadanos.

Aquí es donde la disonancia cognitiva sostenida da paso a su consecuencia más grave. Cuando la brecha entre el discurso y la conducta se repite lo suficiente, el malestar inicial o sea la tensión, la indignación, el impulso de señalar la contradicción, comienza a agotarse. El psiquismo, sometido durante demasiado tiempo a una incoherencia que no puede resolver ni ignorar, encuentra una salida diferente: deja de intentarlo. Ese es exactamente el mecanismo que Martin Seligman describió como indefensión aprendida: los organismos expuestos de manera repetida a situaciones incontrolables terminan por abandonar cualquier acción, no porque sean débiles, sino porque han aprendido a fuerza de experiencia acumulada que el esfuerzo no modifica el resultado. ¿Para qué luchar si no es posible modificar nada?

Cuando la disonancia cognitiva se vuelve sistémica, produce exactamente ese efecto. Si durante suficiente tiempo una comunidad percibe que los discursos y las acciones están permanentemente desconectados, que las promesas se formulan para ser incumplidas, comienza a instalarse una desesperanza que no refiere ya a una situación concreta, sino a la posibilidad misma de que las cosas sean alguna vez coherentes. El aturdimiento que muchas personas describen, en estar presentes pero desconectados, reaccionar, pero sin creer verdaderamente en el efecto de la reacción, no constituye una debilidad individual. Es una respuesta coherente a un entorno que ha sido, durante demasiado tiempo, profundamente incoherente.

Y así llegamos a que el estrés crónico de una sociedad no es la suma de los problemas individuales de sus miembros, sino que es un fenómeno que se produce y se alimenta en el espacio compartido, en las condiciones estructurales, y muy especialmente en la distancia entre lo que el poder proclama y lo que efectivamente hace.

La indefensión aprendida tiene, sin embargo, una característica que la investigación psicológica también confirma, que puede desaprenderse. Seligman demostró que la exposición a experiencias donde la acción sí produce resultados, aunque sean pequeñas y acotadas, reactiva gradualmente la capacidad de gestionar. En términos colectivos, esto se traduce en algunas orientaciones concretas: nombrar la incoherencia en lugar de normalizarla, porque señalar la disonancia es un acto que interrumpe el ciclo,  construir espacios de acción colectiva donde los resultados sean tangibles y verificables, ya que la confianza se reconstruye en la experiencia directa y no en los discursos; y distinguir entre la desesperanza ante un sistema y la capacidad real de incidir en el entorno inmediato, porque la indefensión aprendida se desarticula cuando se recupera la percepción de control, aunque sea parcial.

La coherencia, cuando aparece, tiene la capacidad de revertir el daño acumulado por la incoherencia sostenida. Pero para eso es necesario, primero, dejar de normalizarla.

Seguir aceptando, gobierno tras gobierno, que el haz lo que yo digo, no lo que hago es simplemente el modo en que funcionan las cosas, no es demostrar ninguna madurez política, es el síntoma más claro de que la disonancia cognitiva ya hizo su trabajo y  de que la indefensión aprendida, silenciosamente, también.

 

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